lunes 19 de octubre de 2009

No hace tanto tiempo, pero parece tan lejano…

Desde que tengo uso de razón he defendido y abanderado el derecho a cambiar en el más amplio sentido del concepto y jamás he entendido ese desprecio del que te echa en cara un “has cambiado” como la mayor de las ofensas. Eso si, hay cambios y cambios (you know).

Yo no sé de qué tipo es el mío, pero sé que he cambiado. Supongo que cualquiera que albergue este sentimiento defenderá que todo ha sido para mejo. Yo no voy a ser menos.
No sé en que momento empezó y mucho menos si hubo un preciso instante, un acontecimiento que desencadenara el dicho cambio. Me gusta pensar en mi (y en el resto de los humanos, claro) como en una constante evolución, una permuta interminable e imperfecta… como en la pasarelas de moda, pero en este caso que nos ocupa con algo más que unos pantalones de campana que dejaron huella.


Aunque ahora que lo pienso… Puede que fueran los 500 kilómetros que me impuse para ser mejor; puede que fuera aquel bache negro que me hiciera pensar que yo cabía en la frase de “a ti también te puede pasar”; tener que recordar la frase mágica de Lucía una y otra vez para darme cuenta de que era verdad; descubrir a mis 20 años que tengo dos hermanas en cada punta de España; puede que fuera mi vecinito lindo de arriba y nuestro mes dedicado al teatro y el año de cultura general; o igual se debió a todos los planes trastocados, los coches hechos pedazos… Puede que fuera la crisis (no sólo la económica); la pintoresca enfermedad que me diagnosticaron, el año sabático de hoteles y hospitales; el dejar de preguntarme que quiero hacer para, simplemente, querer lo que hago; el plantearme que las cosas inacabadas te persiguen hasta que finalmente les das fin… Igual se debió a los fantasmas, a todo lo que dejé por el camino, todo lo que no hice, de lo que tendré que arrepentirme, las historias que no acabaron bien o incluso las que no llegaron a empezar. Mis miedos y mis ganas de huir, las camas vacías y los corazones rotos como en las novelas de amor. La manera en la que descubrí que soy una pozo sin fondo, las labores de las chicas del siglo XVIII . Puede que fuera todos aquellos a los que quise, todos aquellos a los que perdí… Todo.


Qué quieren que les cuente, han sido unos años muy moviditos en los que parecía que ya no se podría ir a peor… pero si, las leyes nunca fallan. Pero entonces me detuve a verme, feliz y radiante ahora que no tenía ningún motivo. Que ironía…


No hace tanto tiempo, pero parece tan lejano… Abandoné el drama, sigo soñando y no he dejado de imaginar la casa, la boda y el perro cada vez que alguien me dedica un gesto del revés… Supongo que hay cosas que no han de cambiar… o si, pero yo no sé hacerlo.
Y aunque era muy dada a rebobinar, he visto que va mucho más con mi carácter totalmente practico seguir escuchando el resto del casete, total, sí ya nos encontramos en la canción ocho cara B quién dice que no lo volvamos hacer.


Suena Nina Simone y yo dejo de limpiar los balcones de mi saloncito de la luz pensando que si hay algo que no me gusta en exceso: no hay mal que dure cien años.
Sean felices, yo acabaré lo que he empezado…


P.D.: Después de todo esto quiero dejar bien claro que sigo siendo la que fui y que, sin duda, seré la que era hasta que deje de ser. También, que después de todo no cambiaría nada, porque incluso a mi brazo de titanio le he acabado cogiendo cariño…


P.D.2.: Mi padre dice que es muy yo hacer una fiesta cada 19 de octubre titulada “Al filo de la muerte”. Perdónenme ustedes.





¿Entiende ya mi necesidad de que todos me feliciten hoy?

domingo 23 de agosto de 2009

Daniela y la irremediable necesidad de ser normal

Daniela conoce a mucha gente. En el colegio, desde pequeña, ya era popular. Por su manera de hablar, siempre pareció mayor de lo que era en realidad. Todos la querían, era una buena amiga y todos le recordaban lo especial que era. Igualmente, la gente que sigue cruzándose en su vida le recuerda lo especial que es, con ese tono de admiración e incredulidad que tiene el que dice algo que es cierto pero no entiende. Daniela siempre pensaba que todos eran especiales, pero no... Como ella no había nadie, sin sentido literario. Ella creía que su distinción no era más que anormalidad, pues como todos decían que el ser especial debiera ser algo casi mágico, y no... Daniela no sentía que fuese una proeza del destino, es más, la mayor parte del tiempo su virtud era un desatino.




Y entonces fue cuando Daniela empezó a querer ser normal, pero no, uno no puede practicar consigo lo que no es... Ella quería dar vueltas en coche los domingos, salir a bailar música detestable a cualquier discoteca los sábados, quería ir a clase a no escuchar, a pasar horas en el bar, quería amigas con las que dejarse ropa, quería novios con los que discutir por ciertas miradas lascivas...
Pero en lugar de todo eso, ella tenía la verdad de si misma... Sabía todos los contras del "comportamiento oveja" del resto del mundo y, aunque quisiera, no podría orbitar a ese ritmo. A cambio de lo que quería el destino le daba segundos de soledad y la extrema lucidez para saber que no es malo estar sola, pero tampoco es bueno sentirse sola cuando una no lo está. Una peculiar maldición la de nuestra Daniela...

Observaba inquieta y triste el comportamiento de los demás, con la certeza de que todos eran iguales, respondiendo a unos mismos impulsos y haciéndola a ella aún más distinta de la manada. A Daniela le quitaba el sueño ser quien era, intentaba cambiar en vano y luego volvía a conformarse con su sino. Y luego algo ocurría, y entonces entendía que a las personas especiales les pasan cosas especiales y eso no está tan mal... Pero luego, de nuevo: el viento, la soledad y las respuestas.Todo eso, y la gente, y la certeza, y las ganas y la impotencia... todo eso mientras escuchaba en sus oídos la frase de sus vida: Daniela, tu eres especial (...)

Y quién quiere ser especial pudiendo ser normal… normal y feliz, les hubiese respondido Daniela.



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domingo 22 de marzo de 2009

Pequeña muerte de buenas noches

Hay una pequeña fracción de tiempo en la que, mientras me desvisto y deshago la cama, no puedo contemplar el dolor del mundo sin que no me duela a mi también…


Entonces, es cuando siento la pesada carga de sinrazones y malas excusas que alguien soporta a lo largo del camino hasta llegar al único destino del que nadie ha vuelto jamás…
Aprecio el frío metal del mortero rasgando mis músculos desechos por el miedo… el ascendente escalofrío del que, como quedándose ciego, deja de ver la luz.
Creo sentir ese nudo que no cede en mi garganta, la lengua amarrando mis ganas y los pies bailando muy lejos del suelo.
Percibo las llamas y el humo, que torpe, enmudece y ciega por igual. Siento el agridulce veneno en el cielo de la boca, paralizando todo mi cuerpo.
Creo, también, notar un leve crujido en mi pecho, como un plato, que sin remedio, va directo a estrellarse contra el suelo.
Huelo a gasolina y, después, ésta embadurna toda mi cara, siento el asfalto cuando vuelo a ras del suelo, camino a un futuro del que alguien ya se ha adueñado.
El punzante dolor que envuelve mis pupilas, mis ojos desorbitados, saliendo de sus cuencas y volviéndose a ocultar asustados por el paisaje, por el inminente final del abismo.
El hierro cortante en mi cuello y, en el peor de los casos, surcando mi espalda. Unas fuertes manos que aprietan mis sienes, el chirriante latido de goma golpeando mi cara… los puños, las patadas y hasta lo que en un principio parecían abrazos…


Es solo un segundo en el que yo muero un poquito cada día, tan solo por acompañar al mundo. Solo un segundo, quitarme la ropa y meterme en la cama… un solo segundo en el que una gélida mano aprieta mi hombre, dándome un segundo… y soñar.

domingo 1 de febrero de 2009

Liebes tagebuch:

Miércoles, 29 de noviembre del 2006, 23:23 p.m.




Cuando me levanté el cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, pero poco importó. Una vez que ya me convencí de que puedo controlar mi bipolaridad y de que no tengo porque ir alternando y sucumbiendo como de un termómetro se tratase mi persona, de poco importó que, de nuevo, el cielo no me acompañase.

Desperté como quien despierta de un sueño eterno y un descanso improductivo. Tenía que salir... salir no para verla... salir para dejar de inventarla. Debía salir para buscar, pero por una vez no a ella. Saldría de esta cueva para obligarme a entender que si bien las cicatrices me enseñaron también lo podrán hacer las caricias.
No me sería difícil encontrar a una criatura dispuesta a llenar su cama, demasiadas personas conviven con la soledad y cada noche les abren la puerta a la tristeza cuando esta tira piedras a su ventana diciendo que no duerman solas. Y sino podría recorrerme la ciudad de puta a puta pidiendo caridad...

Sabía que sería pan comido. De pelo oscuro, ojos negros y piel canela. Para olvidarla antes de que saliera el sol me bastaba. Fue algo rápido, y aunque en otra circunstancia me habría sentido utilizado, en el momento, pensé que no hay nada mejor como dos personas que se buscan y se encuentran, sin más dramas, sin más datos... Por fin podría decirle a mi corazón: esta noche no trabajarás.
La sostuve en mis brazos y se me hizo tan frágil... no pude evitar pensar... maldita sea. A costa de besos y zarpazos me la quité de la cabeza, no malgastaría otra noche pensando en ella. Fue fácil desnudarla, pues ansiaba que la amasen, aunque fuese de esa manera tan primitiva, tan falsa... La traje contra mí y cerré los ojos. Yo hacia rato que no estaba allí, era otro, irreconocible para mi, el que la hacia gritar y llorar compulsivamente. Volví a abrir los ojos y nos vi, como animales heridos... buscando amor a contracorriente, como animales... y me dio pena de la situación.

Y hoy, al abrir los ojos no he podido mirarla, no quería despertar a su lado sabiendo que no era yo el que anoche la hizo vibrar, al menos no ese yo al que estaba acostumbrado... Así que salí corriendo... corrí hasta que me di cuenta que huía de mi escondite, y tuve que volver. Y la suerte que es una mujer, mala como todas, que duerme con todos y que a veces viene a casa a desayunar me había visitado pues mi joven durmiente se fue mientras yo huía, pero me dejó una nota: "No se me ocurrió que pudiese haber alguien más necesitado que yo. El amor debería ser un derecho no un privilegio".

Y hoy ni siquiera he pensado en ella, y ni la he buscado, ni la he visto en las hojas que como estrellas cansadas caen de las cimas de los árboles, tampoco en el cielo de color ceniza que cubría mis hombros... no la he visto, y tampoco he merodeado el parque intentado verla. No lo he echo, pero se que hoy no estaba... No la he pensado, no he sucumbido a la tentación, no la he imaginado... Así que hoy volví a mi matadero clandestino sonriente, quizá así logré engañarme, aunque sea un poquito...

lunes 26 de enero de 2009

Caro diario:

Martes, 28 de noviembre del 2006, 03:15 a.m.



Por alguna razón el termómetro sube y baja sin parar, casi tanto como mi ánimo. Aunque no debería engañarme pensando que si me levanto sudando es por el calor, porque yo, para esto del corazón, siempre tuve extraños síntomas... Pero sé que si hoy estoy así es porque ayer la vi, y ella a mi no... Y mejor así.

Y lo mismo da que me trague mis recuerdos como cristales punzantes como que le lancé mis odios sin que ni siquiera se entere, es lo mismo, porque da igual, de nada sirve ya. Yo me ahogo en el espacio que no está, y tengo que olvidarla de alguna manera. Con un poco de suerte alguien vendrá a arrancarme la pena de cuajo... o mejor no esperar mucho del mundo hoy.
Yo hubiese notado su presencia, la habría olido, habría estado atento, la habría visto llegar porque mi mirada habría estado volando hasta posarse sobre su aliento... Pero ella no, ella no me esperaba y esa es al única y cierta razón de que porque no se giro y me vio embelesado... Porque ni me busca ni me encuentra.
Yo le construí un cielo, pero quizás no fue lo bastante profundo para lo alto que ella volaba... y yo siempre con los pies en el suelo, ¿cómo no iba a romperse mi brazo tirando de ella y su nube?

No volveré a caminar sobre sus pasos, la odiaré si es preciso pero su indiferencia no volverá a ser mi moneda de cambio. Ayer volví a perder una partida, pero este juego no acabará hasta que yo lo diga. Lo voy creyendo: cuando se desea tanto el amor no existe, únicamente las pruebas de amor... y sería peligroso seguir exponiéndome a su nada cotidiana como prueba.
Sería una imbecilidad reprocharme lo que ya no puedo cambiar. Yo no la puedo buscar entre el cielo y el mar donde las tempestades no son las del agua sino las de su alma, eso fue lo que ella me pidió... y me prometió la luna y ni siquiera la intentó alcanzar. Esta balanza, de un lado u otro, así se va a quedar.

No puede ser que sea la única niñita de ojos oscuros que me haga temblar. Será cuestión de buscar, y aunque no tiemble, al menos, puede que yo haga temblar a otra en otra cama que no será la nuestra, desecha por los miedos y la desidia. No es justo que ella sea mi princesa prometida y yo su sapo al que maltratar. Ha llegado el momento de empezar. Hoy no se si amaneció, las persianas crean la incertidumbre, pero mañana habrá luz y hará frío... como debe ser.

domingo 25 de enero de 2009

Cher journal:

Lunes, 27 de noviembre del 2006, 03:03 a.m.



Ha llovido durante todo el día y mi alma, a merced del clima, ha sido un lánguido quejido húmedo de ausencias. El caso es que me encanta sentir la lluvia, como en aquel verano que corrimos tras del tiempo... nunca mis huesos estuvieron tan calados... por el agua... y sus besos.

No recuerdo que he echo durante este tiempo, sé que no la había pensado tanto como ahora. Creo que me había acomodado a la idea de "dejarme encontrar", aunque la verdad sea que nunca me fui... Hoy es un buen día para empezar, por primera vez, a buscar y olvidar la aparente comodidad de dejarse ver por casualidad.

Supongo que aún nos queda esa extraña sabiduría de amantes que nos guía. Estaba en el parque, parece como si siempre lo hubiese sabido, como si me esperase... Me he sentado en un banco cercano, ella no me veía, no sé porque no me he acercado. No sé cuanto tiempo la he estado observando, el caso es que he recordado. Como si el reloj no hubiese avanzado, lo he visto claro: fue ella la que me dejo, un día se marchó como colofón a tantos meses de ausencia... estuvo mil años rasgando los cielos de nunca jamás, de ojalá que me doliera...

No sé porque me importa tanto, pero la quise y la quiero sin saber porqué... No merece mi angustia, pues fue ella quien la inventó. Me he convencido de que no puedo echar de menos sus muecas indiferentes, sus gestos a destiempo y sus ojos vacíos. Me he convencido, y ya no puedo verla en cada gesto del revés, en cada reflejo del cristal, en cada gota del charco que debajo de mi cama crece y crece...

Ahora comprendo... le dieron las prisas, le carcomió el miedo, se dedicó a cortarle las hojas al calendario cuando yo no miraba y ahora más viejos, más cansados, más tu y yo, menos nosotros... aún no podemos apearnos.

De alguna manera tendré que olvidarla, ya no tengo nada que perder excepto el miedo a la soledad... Sigue igual de distante, ahí sentada, parece que no girase con el mundo y yo absorto me mareo del trajín que llevo por dentro... ¿Cómo de tan cerca parece tan lejana y ausente? Aprenderé a olvidarla. Lo haré como ella lo ha echo.

Sigue lloviendo y a mi gusta estar a merced del aguacero, siempre sin paraguas y mojando los recuerdos. Pero algún día necesitaré secarme, por eso debo acabar este "cuento". De nada sirve llorar si no se derrama pegamento con el que arreglar todo lo que rompieron. Necesito que mi cabeza juegue de mi parte, el resto tampoco es tan importante. Tengo que terminar con esto, no puedo tatarear de nuevo una canción del pasado...

jueves 22 de enero de 2009

Dear diary:

Domingo, 26 de noviembre del 2006, 04:16 a.m.



No he podido dejar de pensar en ella en todo el día; desde que tengo uso de conciencia mi imaginación me lleva ventaja y más que ser un poco profeta es creadora de ilusiones dolorosas... aunque algún día le daré una lección.

Al volver a casa recordé todo lo que había intentado olvidar durante estos meses, pero sobre todo aquel día que ella me dio la espalda y yo le solté la mano. A día de hoy no sé muy bien que paso, y si fue la última batalla, ¿por qué nadie ganó?
Ambos sabíamos que veníamos de mundos opuestos, que jamás su mal carácter entraría en mi quebradizo corazón, que nunca podría pasearme tan cual por el bosque de sus sentidos... aún así apostamos, porque los amores cobardes no llegan nunca a nada. Apostamos la aurora y durante todo un año nunca amaneció.

Inventamos una primavera en pleno invierno helado, creímos posible que un cielo pudiera caber en un infierno. A nada decía que si, pero cómo iba yo a decirle que no a sus ojos tristes...
Un día me dijo que en el momento que su corazón se acelerase y no encontrara una excusa mejor que decir que era por "amor" terminaría con aquello, habría dejado de ser una buena inversión. Pero, como yo, no pudo bajarse una vez empezado el viaje.

Se que no se puede empezar la segunda parte sin siquiera haber acabado al primera, pero también me hicieron ver que de nada sirven los diques, de nada, tampoco los mapas si uno no sabe a donde quiere ir...

Quiero verla, necesito encontrarla, anhelo hacerle feliz y quiero dejar de recordar el momento en que dejé que se fuera sin despedirse. Después de haber pasado tanto tiempo borrando huellas y caminos, ella y yo, solo nos queda que la fortuna nos eche un cable. Ojalá esas cicatrices del destino que son las coincidencias nos junten de nuevo, aunque sea tan solo una mirada, para hacerle entender que yo nunca dejé de bailarle el agua...

martes 20 de enero de 2009

Querido diario:

Sábado, 25 de noviembre del 2006, 03:17 p.m.


Hoy la he vuelto a ver y me ha costado reconocerla en aquella niña cogiendo moras al pie de la Alhambra, aunque al mirarla a los ojos he recordado lo que siempre he sabido de ella: es lo bastante joven para ser impresionable y, aunque ella no lo crea, lo bastante ingenua para dejarse impresionar.

Me ha contado que la vida no la trata mal del todo, y quizá mejor de lo que ella trata a la vida. Me ha dicho que olvidó todas las utopías que cultivó, que no le cabían en la maleta... ingenua y todo, siempre se le dio bien mentirme. Quizás yo sea bastante propenso a dejarme engañar por ella.
Creo que sigue haciendo eso de imaginar la vida de las personas (y normalmente acertar) con tan solo mirarlas a los ojos. También creo que se ha dado cuenta de que no he dejado de mirar al suelo, pero me da tanto miedo que sepa que la sigo echando de menos... y es que eso más que imaginación es cuestión de coherencia.
Sonreía demasiado teniendo en cuenta que a ella siempre le pareció absurdo disfrazar a la tristeza, pero ha echo que la lluvia empapase un poco menos mi corazón esta noche. Sé que siempre le costó avanzar y que nunca empieza un nuevo "cuento" sin haber acabado el anterior... no recuerdo que me echase oficialmente de su vida; puede que las mariposas se adelanten a la primavera... Aunque es difícil de prever; si se entera de que yo opino "si" ella hará que hasta los sordos oigan su rotundo "no". Supongo que tampoco a mi me gusta dejar los "cuentos" sin acabar.
Nunca logré convencerla de que lo bueno compartido dos veces bueno y, como siempre, sus ojos insinuaban todo lo que sus labios callaban. Toda ella en si es una especie de limbo de silencio de todo lo que le incluye.
Siempre la quise tan diferente... nunca pude engañarla, es más, ella nunca dejo que yo mismo me engañara. No la amé para que no pudiese vivir sin mi, creo la quise para que muriese conmigo... Y es tan raro verla ahora, mojada por la lluvia, con el pelo revuelto y el corazón palpitante... mentir puede, pero disimular siempre fue su asignatura pendiente.
Me ha besado en la mejilla y he sentido que debía irme, porque es mejor darle tiempo al propio tiempo... Me hubiese gustado que mi nombre también fuese capicúa, haberme quedado con ella para siempre en el Círculo Polar de su cintura...