Apoyado en el quicio de la ventana mira absorto hacía el callejón más pequeño del mundo, por el que nunca pasa nadie a no ser que vaya a verlo a él.
Parece que con el simple hecho de darle la espalda olvida que tras de si están el bullicio, la gente, las risas y el ruido. Ante eso, el callejón es una grieta que separa, desafiante, lo yermo de lo vivo.
Apenas dos segundos es todo el lujo que puede permitirse, dos segundos mirando ese socavón, ese desgarrón de silencio en su mundo siempre lleno de tanto ruido, para acabar entendiendo que al destino no se le puede buscar mirando hacía atrás.
Un mundo en cuatro paredes, en el que siempre gira solo aunque nunca lo esté. Y es en las risas de los demás, en el eco que dejan los restos de la felicidad, en los surcos de la cara de esa gente donde se proyectan, con entrada libre, las sombras y las heridas de sí mismo, como anunciando la puerta de salida; siempre cerrada, pero visible.
Y más negra es la vida al otro lado del callejón, pero él no puede saberlo. Cómo explicarle a un niño pequeño que lo que más quiere con todo su ser le hará daño. No lo entiende. Y en esa resistencia, en esa lucha de no querer aceptarlo se mecen sus ganas de intentarlo.
Y todo en dos segundo, dos escasos segundos en los que no puede evitar imaginar la vida del otro lado. Nadie le ha explicado que la única manera de sobrevivir es éste mundo es no imaginando jamás.
Pero son sólo dos segundos que, fugaces, dejan hueco a todo lo demás: el vacío y la cotidianidad, a la que se resigna como un héroe troyano, quien apoyado en el resquicio de la ventana acepta conforme el envite que le hace el destino.
El día que decida atravesar el callejón se hará liviano y dejará de oír el incesante ruido. Y como un pájaro, volando y de repente sordo, podrá atravesar la brecha. Podrá atravesarlo todo, y ya nunca más será débil, porque podrá comprobar por si mismo que desde la oscuridad las luces brillan más nítidas y alegres y comprenderá, al fin, que componer los días desde el quicio de la ventana de un bar no está mal. Que menos que pagar un pequeño precio por disfrutar del mejor sitio para ver el espectáculo.
Y ya se sabe, por nada del mundo el espectáculo debe parar... Pero por otra parte, nadie se va a dar cuenta que durante dos segundos el dejo de darle cuerda a la maquinaria que nos hace girar.
Adiós, hasta siempre, hasta nunca o hasta pronto.
Sé que si quieren, sabrán dónde encontrarme.




